Dani camina por una carretera muy familiar para él, pero esta vez sólo. Todo lo que antes era amor ahora son recuerdos. Todo cuanto creía ha perdido su por qué. Aquello en lo que confiaba se ha esfumado. Cada paso duele.
Su ropa, del Bershka que hace esquina, apenas le pesa. Nada en comparación a su mirada. Triste y cargada de esos cristales que algunos llaman lágrimas. Dicen que necesitamos alejarlos de nosotros, sacarlos de nuestro interior porque, además de cortar, dejan cicatrices imborrables.
¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? ¿Se puede borrar el pasado? ¿A dónde me lleva todo esto? Cada pregunta es un puñal frío que atraviesa todo cuanto se pone en su camino. ¿Cuánto tiempo más durará? No, la cuestión es si algún día ese dolor se borrará.
Imposible levantar cabeza, tanto literal como figuradamente. Los hombros pesan y se hace muy complicado quitar la vista del suelo. Como si la respuesta a todas las preguntas estuviese ahí. Como si no quisiera volver a mirar a la cara al presente nunca más.
Todo pierde su color. La vida ha dejado de tener matices, ahora reinan el blanco y el negro. Felicidad o infelicidad. Amor u odio. Guerra o paz. No hay término medio, nunca lo hubo.
El paisaje es seco, desolador. No parece que nadie vaya a acudir en su ayuda. Su destino es caminar eternamente entre los recuerdos de una historia con un duro punto y final. Intenta agarrarse a algo positivo para no caer en el vacío, sus miedos no le dejan.
El sol cae y con él algunas respuestas. Nada volverá a ser igual. Imposible recuperar lo que con tanta facilidad se perdió. Quizá nunca descubra el por qué. Quizá nunca vuelva a ser el mismo. Pero se hace una promesa. Sea quien sea, será mejor de lo que era por aquel entonces.