Cada día me levanto sin saber qué versión de mí mismo tocará hoy. Me gusta dejarlo al azar, así ningún día es como el anterior. Hoy por ejemplo me he despertado preguntándome cómo serán las conversaciones de ascensor cuando todo esto acabe. ¿Seremos más interesantes? ¿Más espontáneos? ¿Seguiremos hablando del tiempo? A mí me gustaría que el ascensor se convirtiese en nuestro momento de sinceridad del día. Un espacio en el que no juzgar ni ser juzgado. Da igual si compartimos viaje con un conocido o desconocido. Que la persona que lo necesite rompa el hielo con alguna afirmación sorprendente. “Hoy he tenido ganas de matar a mi jefe”. “Mi novio no me masturba como yo quiero”. “Cuando tenía quince años robaba chuches en una tienda de mi barrio”. Cualquier confesión valdría. El objetivo únicamente sería liberarnos. Sacarnos un peso de encima para que, al llegar a nuestra planta destino, nuestra vida sea algo más liviana.
Creo que había que proponerlo como ley. Una confesión por cada número de pisos que subas o bajes. Se podría aplicar también a los, cada vez más extintos, peajes. Un pago justo por un desplazamiento más cómodo y que además es bueno para tu salud mental. Imagina un mundo con menos tensión. Sin personas que viven como si tuvieran un palo metido por el culo cada segundo de su vida. Habrían más sonrisas, más abrazos, más sinceridad y empatía. Menos yo y más nosotros. Igual hasta nos cargábamos la profesión de psicólogo. Nota mental: pensar un plan B para ese sector, pobrecicos.
A mí me mola la idea, bienvenida cualquier persona que quiera sumarse. Y para los amantes de lo clásico, un sketch típico de ascensor como cierre:
-Puuuuuueeeeeees, nada.
-Parece que ya van alargando los días.
-Está refrescando también.
-Sí. Han dicho en el tiempo que la semana que viene aún bajan más las temperaturas.
-Si es que no hemos tenido invierno.
-Total, para lo que vamos a salir. JAJAJAJAJAJAJAJA
-Sí, jeje…
(Silencio incómodo)
-Bueno, yo me bajo aquí. Hasta luego.
-Venga, hasta luego.