El graciosillo

En la séptima planta del edificio de enfrente de mi casa vive un grupo de chicas. Sobre ellas, en el octavo y último piso, un grupo de chicos. Durante los días de cuarentena estuve observándoles en el rato que duraban los aplausos. De vez en cuando se miraban. Poco más. Un día, por fin, intercambiaron palabras. No sé si se conocían de antes pero de cara a esta historia vamos a dar por hecho que no. Tampoco sé qué se dirían. Una de ellas, recién salida de la ducha aún con el pelo envuelto en una toalla, miraba hacia arriba riéndose. El pelo podía esperar, los aplausos no.

El encuentro fue corto. En lo que tardé en sacar el móvil para escribir esto y volver a mirar por la ventana ellas ya no estaban. Por el contrario, allí seguían ellos. Como si de una escena de discoteca se tratase. Recién dados de alta en el club de los tíos ignorados de fiesta. Llegados a ese punto solo cabe reírse, culpar al graciosillo que las habrá espantado y brindar todos juntos por un futuro mejor y menos ridículo.

Uno de ellos tenía una cámara. Inmortalizaba el momento en el que un convoy de ambulancias recorría la avenida haciendo sonar sus sirenas. Es curioso como cuando escribo la palabra sonar el móvil me la cambia por soñar. Supongo que será porque cada sirena nos hacía recordar a quienes luchaban, y luchan, sin descanso para que esto acabe lo antes posible, un sueño compartido en todo el planeta.

«¿Y eso que estáis en casa, chicas? ¿No tenéis plan? jajajaja». Seguro que esa fue la frase con la que el graciosillo las espantó.

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