Mi compañera

Mi compañera de viaje no era la entrañable señora danesa, que improvisó un rezo rápido antes del despegue, sentada a mi izquierda en el avión. Tampoco lo era su preciosa hija tan llena de esas preguntas que solo una madre puede contestar.

Mi compañera de viaje era algo más alta que las dos anteriores. Con menos vida, pero quizá con muchas más historias que contar. Debía tener algún problema serio o quizá yo le gustaba (lo cual sería tener un problema aún más serio) pero lo cierto es que cada tres segundos exactos me guiñaba un ojo. Y qué ojo, llenaba de luz la más absoluta oscuridad.

Compartimos tres horas de viaje y…poco más. Que no es poca cosa eso de compartir tiempo y más en esta veloz cuenta atrás de lo que vulgarmente llamamos 2019 por no llamarlo «Joder, ¿ya ha pasado otro año?».

En fin, así era mi compañera de viaje. Fría pero eficaz en sus asuntos, que si se aceleraba demasiado sabía muy bien cuando era el momento perfecto para frenar, con bastante más sutileza que los veredictos de Risto Mejide en OT. También te digo que menuda putada que su compañera de viaje estuviese en el otro lado del avión pero bueno, no pareció llevarlo mal.

Gracias por el viaje, compañera ala derecha de un Boing 737-800 con destino al reencuentro.

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