El último pescador

Buenas tardes, caballero. Que, ¿cómo se le está dando? Permítame que me dirija a usted justo de ese modo, de usted. Y no por su edad, que también. ¿Cuántos tiene? Es igual, no es de mi incumbencia. A lo que iba, si le hablo de usted es porque se ha ganado mi respeto. Por supuesto no le conozco de nada, pero hay algo en usted que le define. Me encantaría decir que es su forma de lanzar la caña pero cuando he llegado, usted ya lo había hecho. No en sentido amoroso, sino en literal. ¿Se dice así? ¿Lanzar la caña? Poco se sobre la pesca, tanto en figurado como en literal.

Como le decía, no ha pasado desapercibido para mi un detalle. Si no me fallan las cuentas (mirada disimulada al móvil) ahora mismo estaremos a dos grados. Seamos claros, hace un frío de co…mo le comentaba, lo he visto todo. Desconozco cómo se le ha ocurrido semejante locura. ¿En qué estaba pensando?

La temperatura bajando más rápidamente que la cantidad de personas que aún usa el «usted», nada más encima que un antiguo jersey de lana fina, ¿y no se le ocurre otra cosa que prestarle su chaqueta a su mujer?

Igual que el Señor Prats, permítame que insista. Es usted todo un caballero y hablarle en este tono es una miseria en comparación con todo lo que merece.

¡Oh, ha picado uno!

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