Empecé el año en casa por primera vez en mucho tiempo. Los Reyes Magos acertaron. Pasé más frío en Dénia que en Riga. Estrené cuenta en Spotify. Me asusté y me puse triste la semana que mamá estuvo en el hospital. Trabajé a distancia mientras mi cabeza no dejaba de viajar. Me emocioné e inspiré con el Merichane de Zahara. Una decepción se convirtió en el principio del fin. Me perdí el cumple de un amigo. Lloré y abracé cuando mamá volvió a casa.
Escribí sobre mí mismo y salió regu. Abracé a la pereza, la acepté. Subí fotos de tiempos mejores. Perdí un cartel de “Se busca perro”. Intenté ser gracioso en Twitter. Me gustó mucho un pase que dio De Bruyne con el empeine. Di like a 3459923994 fotos callejeras de Carlos. Me enamoré un poco bastante de Juan Tallón. Junté diez veces un minuto y, a la suma, le di el mejor uso posible escuchando el Neptune de Foals. Flipé con los adolescentes que vacilaron e hicieron perder pasta a los peces gordos de Wall Street, harán peli de eso. Me cuestioné todo. Defendí a Griezmann. Sonreí al ver que las tardes se iban alargando.
Me dejaron. Escribí un relato sobre un parque imitando La colmena de Cela. Leí y escribí en la terraza con las piernas estiradas en una silla. Admití no estar bien. Trabajé la gestión de expectativas propias, no las ajenas. Enloquecí con una falta que un tipo de la liga francesa clavó. Un sábado leí una cosa que escribió Xacobe Pato un martes y que compartió un domingo. Retomé una relación.
Denuncié publicaciones con información falsa en redes sociales y, en algunas, me dieron la razón. Varios lunes seguí traicionándome las promesas del domingo. Soñé con que los youtubers usaran nombres normales en su nick. Felicité a una pareja que iba a tener un bebé, más porque imaginé que fue un gran polvo que por la noticia de una nueva vida. Posé, sin querer, en una foto como el mayordomo de Scary Movie. Me suscribí a una Oldletter. Inventé que trabajé haciendo de Goofy en Orlando y que vi a Orlando Bloom. Alabé a Kase O.
Me volvieron a dejar. Di una charla en Valencia sobre un proyecto en el que no participé. Me lancé a la aventura y valió la pena. Decidí luchar contra el dragón el Día del Libro. Me despedí de la mascarilla y le di las gracias por todo. Cumplí 29 con la mente puesta en los 30. Aseguré una y mil veces que los 30 son los nuevos 20. Me monté una película y doné sangre por primera vez.
Aprendí que hacer comedia de algo no es ridiculizarlo. Aguanté tres veces las lágrimas en un concierto de La MODA. Critiqué las celebraciones que llegaron con el fin del estado de alarma. Hice una foto horrible a una ciudad preciosa. Cometí el peor error de mi vida y confundí la ensaladilla americana con la de cangrejo. Aplaudí un nuevo título de Nadal. Me convencí de que el final de El curioso caso de Benjamin Button debería haber sido un plano de un montoncito de esperma. Celebré cuando el karma le dijo al Villareal «estamos en paz».
Me sorprendí al comprobar lo rápido que llegó junio. Olvidé grandes ideas mientras me duchaba. Me acojoné al ver a Eriksen tirado en el césped. Seguí sin beber CocaCola y Cristiano Ronaldo no tuvo nada que ver. Me ilusioné con España en la Eurocopa con la fuerza con la que uno se ilusiona por algo que no espera. Conseguí terminar Master of None a pesar de Master of None, pero bueno, bien.
Recogí mi primer premio publicitario y pasé un día increíble con gente increíble. Viajé al pasado gracias al olor del caucho del césped artificial. Me pregunté qué sería de Paris Hilton. Intenté no herir sensibilidades. Aluciné con una chiquilla de diecisiete años tranquilísima antes de su primera final olímpica.
La biografía de Ignatius me hizo plantearme cosas. Encontré la felicidad en un pequeño rincón de la costa gaditana. Me alegré de que un robo se convirtiese en una buena noticia para unas personas que se merecen solo cosas buenas. Me aseguré de que, mientras algunos solo tienen certezas, yo cada vez tengo más preguntas. Soñé con ir a un concierto de AC/DC. Descubrí Austria y otras tantas cosas junto a los tres magníficos. Me porté mal con quien menos lo merecía.
Odié el juego del Barça. Dudé, y envidié, de las campañas publicitarias que solo consisten en colocar una valla gigante. Me comí el penúltimo helado del año. Terminé The New Pope y me encantó. Empecé The Office y me encantó. Follé en el baño de una discoteca. Homenajeé la amistad y la NFL domingo sí, domingo también.
Me despidieron. Fui a Asturias a reencontrarme con amigas y conmigo mismo. La cagué una y mil veces jugando a pádel. Volví a sentirme indiferente en Halloween. Vi El juego del calamar pero no terminó de atraparme. Pasé la ITV al coche. Me quedé afónico en Granada, perdí la voz pero gané grandes momentos. Me mostré cauto ante la llegada de Xavi. Me gustó la historia del tipo que supuestamente había estado en coma. Me atreví a hablarle a una chica en una discoteca.
Salí a pasear. Puse el edredón gordo y así di la bienvenida al invierno. Pillé el coronavirus. Me puse muy triste cuando mi padre lo pilló. Me perdí el cumpleaños que uno nunca puede perderse. Volví a salir a pasear. Intenté convencerme de no ver el próximo Mundial. Procuré que la salud mental de los míos estuviese bien. Creí que podríamos celebrar Navidad los cuatro juntos. Volví a ponerme triste cuando mi hermana se contagió. Esperé a que se me pasase la tristeza pero mamá también se contagió, sí, por segunda vez. Soñé con un buen 2022.
*Idea del texto sacada de “87 cosas que hice en 2021” de Juan Tallón*.
https://www.uppers.es/cultura-y-entretenimiento/lectura/cosas-hice-en-2021_18_3255271045.html