El bando de los mierdas

Decía Melendi que «sentado en un coche de hielo que se derrite cada amanecer no puedo pedirte que te quedes hasta mañana» y a mí me parece que no puede estar más equivocado. Por supuesto que puedes pedirle a quien sea que se quede una noche más. Es más, mejor pedirlo que quedarse con las ganas. Y si tu coche de hielo, que vete tú a saber por qué cojones tienes un coche de hielo, se ha derretido te pillas un patinete eléctrico, que raro será que no hayan ciento treinta y siete tirados en la puerta de tu casa cualquier mañana. No sabría decir si me he acordado de Melendi por estar viajando en avión, porque el tipo de la fila de al lado lleva ya tres mini botellitas de vodka o por la combinación de ambas, pero ha sucedido y no me escondo.

A mí de Melendi me flipaba el primer disco, cuando aún no se había pasado al bando de los mierdas, como también hizo Dani Martín. Por aquella época, si me preguntabas, y si no también, yo diría que era mucho más de Melendi que de Estopa. Ahora no soy de ninguno de los tres, pero ponme cualquier tema mítico suyo un sábado a las doce de la noche en un garito de mala muerte, o incluso de buena, y te prometo que girarás tu silla por mí con la emoción de Antonio Orozco en La Voz.

A veces me pregunto qué hubiera sido de esta peña si hubieran probado en programas de esos. ¿Se habría girado Bisbal por ellos? Seguro que sí. No podemos decir lo mismo de Alejandro Sanz de quien sí podríamos decir muchas otras cosas pero a veces (muy pocas) me da por valorar mi tiempo y, en consecuencia, a mí mismo.

En fin, quizás sí participaron en programas musicales y nadie lo sabe. Me imagino a un Melendi de 12 años cuando empezaba a descubrir el curioso mundo de la marihuana, participando en Lluvia de Estrellas. Bertín Osborne le presentaría más o menos así: «y bueno, bueno, bueno, vamos con nuestra siguiente estrella. Él es un chaval estupendo de 12 años que viene de Oviedo. Se llama…se llama…bueno, no me han dejado cómo se llama pero su nombre artístico es Melendi. Hoy Melendi será Alejandro Sanz y nos cantará la canción Amiga mía. ¡Un aplauso!».

Melendi, saldría dubitativo al escenario y, mareado por el humo del escenario y del peta que acababa de fumarse unos minutos antes, tropezaría con el decorado, se iría de frente contra el suelo y se abriría la cabeza. Con casi todo el tarro cubierto de sangre, empezaría a cantar con el objetivo de mantener toda entereza posible. La sangre no dejaría de brotar, la música habría parado y él seguiría cantando a capella. De repente notaría que han desactivado su micro y, en un desesperado afán por continuar el show como si el mismísimo Freddy Mercury se lo ordenase, empezaría a cantar a gritos, desafinando completamente la parte de «PRINCESA DE UN CUENTO INFINIIIIIITOOOOOOO». Melendi, cubierto ya entero de una mezcla de sangre y sudor, comenzaría a vomitar fruto de toda la tensión acumulada, intentaría escapar del charco formado, resbalaría y volvería a darse de bruces contra el suelo. Ahí ya no podría volver a levantarse pero, con su último aliento, acabaría la canción con meritorio aunque apenas audible «amiga».

Bertín Osborne, saldría al escenario con una amplia sonrisa, sin preocuparse del gigantesco charco de sangre y vómito que cubría todo, y diría algo así como «Bueno, un aplauso para el chaval, ¿no? Estaba un pelín nervioso pero lo ha hecho de categoría. Claro que sí. Ramón, coño, se llamaba Ramón, que me lo han chivado mientras cantaba. ¡Grande ahí, Ramonxu! JAJAJAJAJAJA Qué tío más grande».

Y esta sería la historia de cómo el mundo pudo haberse salvado de una frase tan estúpida e innecesaria como «Sentado en un coche de hielo que se derrite cada amanecer no puedo pedirte que te quedes hasta mañana». No te quedes con las ganas, joder. No seas del bando de los mierdas. Puede que un día termines sacando un disco horrible y jamás llegues a arrepentirte.

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