Una mañana, Pablo, el pequeño de los Gutiérrez, empezó a llorar y nunca paró. Durante el primer día todos los vecinos del pueblo pasaron por su casa. Algunos traían supuestos remedios caseros, como la señora Elvira “La Sabía”, que de todo sabía. La mujer apareció por allí con una gran olla, un litro de aceite y tres rosarios. Se colocó delante del niño, le hizo meter el dedo índice de la mano derecha en aceite y comenzó a resar, como ella decía. Así estuvo tres cuartos de hora. Incluso se atrevió a probar con el dedo índice de la otra mano, por si acaso se hubiera confundido de lado. Y nada. El pequeño Pablo siguió llorando.
Otros vecinos solo pasaban para quejarse, como Esteban “El Gerniche”, Luis “El Bolo” y Matías “El Follonero”. Este último, haciendo honor a su apodo, fue el más visceral. Entró en la casa hecho toda una furia gritando que sus vacas, que pastaban alegremente bajo el dulce sol de abril junto a la casa de los Gutiérrez, darían mala leche. Decía que el incesante sonido del llanto de Pablo las estresaba. Que llevaban como agitadas toda la mañana, alegaba. Y que a ver quién se iba a hacer cargo luego de las pérdidas por la mala leche de sus vacas, que eran todas un encanto. Pero claro, con tanto grito el pequeño siguió llorando.
Se hizo de noche y aquello estaba como empezó. Chari, vecina y recadera profesional, consiguió localizar a Fermín “El Boticario”. Aquel llegó a la casa de la familia del llorón cargado como un burro. Dejó un pesado saco sobre la mesa de la cocina y comenzó a sacar cacharros e ingredientes al azar. Vinagre, alcohol, jengibre, miel, cinta adhesiva, un tarro de cristal con caldo de pollo, hielo, un par de trapos, un reloj antiguo y cuatro agujas finas. Fermín empezó a hacer lo suyo y fue poco a poco amalgamando algunos ingredientes, uniendo otros, calentando otros más y, finalmente, preparó un brebaje nada apetecible que hicieron beber al niño. Al mismo tiempo, colocó las agujas sobre cuatro puntos de la espalda de la criatura sin que esta hiciera ademán alguno de mayor molestia. Fermín pidió dejar al chaval completamente solo y esperar 30 minutos. Así lo hicieron. Y a la vuelta, para sorpresa de todos, Pablo seguía llorando.
Tres días después, el pequeño continuaba con el llanto que se había mantenido incesante en sus tres aspectos básicos: el quejido sonoro, la caída de lágrimas y la secreción de mocos. Por suerte, el fin de semana asomó sobre los tejados del pueblo y trajo con él una excelente noticia. María “La Chiquilla”, regresó al pueblo. María, se había marchado a la ciudad para estudiar medicina. Dejó atrás su hogar, su familia, algún ligue y, como pudieron comprobar los vecinos a su llegada, todos y cada uno de los motivos que la habían convertido en “La Chiquilla”. En seguida le contaron el caso de Pablo y allá que acudió a su casa para evaluarlo. María le hacía preguntas y el bueno de Pablo solo atinaba a contestar como buenamente podía mientras sollozaba. María le tomó la temperatura, preguntó a sus padres por enfermedades pasadas, se aseguró de que no tuviera nada roto, se acercó al teléfono del pueblo para llamar a su profesor Ramiro y consultarle sus dudas, volvió con Pablo y le hizo tomar un medicamento poco conocido. En el pueblo pocos confiaban en “esas medicinas modernas” pero a los Gutiérrez cualquier remedio les parecía bueno a estas alturas. Tal y como María les recomendó, dejaron a Pablo tumbado en su cama después de tomar el medicamento y, seis horas después, sucedió lo impensable. Pablo seguía llorando.
A Pablo le preguntaron por qué lloraba. Si le dolía algo. Si estaba triste. Le dieron brebajes. Le untaron potingues. Le hicieron hacer ejercicio. Le dejaron en paz. Le alimentaron. Le dejaron en ayunas. A Pablo le gritaron. Le ordenaron que dejase de llorar. Se lo pidieron también por favor. Pero el pequeño de los Gutiérrez lloraba por un solo motivo.
Se había hecho mayor.