Ayer fue uno de esos días raros. La alarma, en su línea, no mostró indicio alguno de lo que estaba por llegar. Ella lo sabía pero como buena prostituta se limitó a hacer su trabajo de la manera más profesional. Se encendió, hizo mucho ruido y al final la (a)pagué.
Las siguientes horas del día llegaron con unos pequeños intervalos de rareza provenientes del noroeste del sector creativo, ciruelas que parecían cerezas. Tanto era así que me resultaba imposible llamarlas como lo que verdaderamente eran, un poco como la homofobia que a veces la llamamos “no, si yo tengo muchos amigos maricones” pero no deja de ser eso, homofobia y de la gorda. Por cierto, esos “amigos” no quieren saber nada de ti porque eres imbécil.
Seguimos. La guinda del pastel (no hay nada más raro e incomprensible que una guinda) llegó poco antes de la hora de comer, pronto para engullir pero demasiado tarde para digerir lo que venía. Con solo dos frases descubrí que yo era sumamente tonto. Nunca está de más que te lo recuerden, especialmente en épocas en las que uno se siente muy arriba, como aquel anuncio viviente de Red Bull de nombre muy español y apellido impronunciable. Aún así es duro, es duro porque quien te lo recuerda es una persona que quieres y admiras. Y que alguien querido te haga daño no es lo extraño, puede pasar, lo raro es que no sabemos cuándo volveremos a ver un sándwich de tortilla, ni cuándo alguien nos envolverá con su mano un intento de choque de puños. Eso es lo raro y asusta, mucho, pero siempre tendremos el sol de la vida para recordarnos que alguna vez no fuimos unos completos cretinos.
El día parecía dar una tregua, no hizo falta bandera blanca pero las señales eran claras: sexo y fútbol. ¿Existe mejor cura para la rareza? En cuanto al sexo…¿queréis los detalles o lo comentamos por privado? Ya me decís algo. Del fútbol podemos hablar con más tranquilidad, aunque también me sentí bien follado. Eso suele pasar cuando pones a un tipo como yo en frente de jugadores que sí saben lo que hacer con lo que cojones sea esa cosa redonda. Al final, contra todo pronóstico, victoria. Pero ya sabéis quién gana en estos casos: la vida saludable, la amistad y todo eso. Pierde el fútbol.
Y poco más. Para cerrar el día escribí parte de esto que estáis leyendo mientras veía por televisión a dos tíos zurrándose de lo lindo. Tras tres asaltos de cinco minutos cada uno y completamente llenos de sangre, ambos terminaron fundiéndose en un sincero abrazo.
Y justo ahí fue cuando entendí que estaba viviendo lo mismo que con esa guinda del pastel de la que hablaba antes. El combate fue duro así que solo nos queda el abrazo.
Y creedme, un abrazo sincero no entiende de días raros.