Cómo no van a ganar
Si no paramos de etiquetar. No podemos parar. En el bus, en el colegio, viendo la tele o incluso existiendo, así en líneas generales.
Esa es bollera.
Este drogadicto.
Uy, aquel tiene pinta de robar.
Esta ha cogido peso.
No paramos de etiquetar. A todas horas. Sin llegar si quiera a darnos cuenta. Da miedo, ¿no? Imagina cruzar una calle y no fijarte que tu semáforo está en rojo. Ahí. Sin mirar. A la aventura. No mola. Pero con los prejuicios no pasa nada. Total, son gratis. Tampoco duele, si acaso a otros, pero no a uno mismo. Entonces bien. Mira, más etiquetas que colocar.
Facha
Rojo
Gitana
Anoréxico
Calientapollas
No paramos de etiquetar y siempre para mal. Nunca para bien. Jamás vas a mirar a alguien y etiquetarle positivamente. Admítelo, ni aunque te paguen. Como mucho alguien desconocido te habrá arrancado un “qué bueno/a está este/a”. Poco más. Etiqueta física, menuda sorpresa. De primeras nunca vas a plantearte un
Ese es buena gente.
Esta tiene pinta de ser generosa.
Este fijo que dona dinero.
Aquella será voluntaria.
Nunca
Y así nos va. Que luego volcamos afirmaciones, dudas e ironías sobre la condición humana en redes sociales. Nos sorprendemos ante resultados inesperados que bien podrían esperarse si nos fijásemos un poco. Que qué malos son los otros. Que cómo es posible. Etc, etc y etc al cubo.
Mira por ejemplo el tipo de mi lado, viendo una serie subtitulada en algo que parece alemán. Se sienta y ni un hola. Se creerá alguien. Y mira qué pelo, este es un nazi de esos. Allí se ve que están volviendo a salir, normal con lo fríos y calculadores que son.
Cómo no van a ganar