No debería escribirte. Primero porque no son horas. Segundo porque ya está todo dicho. Y tercero A, por si te animas a pasarte. Pero eso, que no debería escribirte. Porque corro el riesgo de cagarla. Estamos a una palabra de que la siguiente frase forme parte del párrafo que algún día querré no haber escrito por temor a que nuestro próximo capítulo se convierta en un libro sin puntos finales. Y no veas qué miedo eso de que algo no tenga fin. En tiempos de debates y eutanasias es lo mínimo que se puede pedir, un buen final.
Que te decía que no debería escribirte. Porque quizá cada golpe al teclado solo esté motivado por el hecho de que al wifi le pasa algo. No hay señal. No hay señal de la señal. O no, tal vez te escribo (recuerda que no debería) porque me has dado la vuelta a casa más maravillosa que recuerdo. Spoiler: llevaba dos cervezas en el cuerpo. Te lo he puesto fácil. Pero para qué complicarse. Cortita y al pie. Gran referencia de uno aún más grande que nunca entenderás. Cosas de fútbol.
Insisto en que no debería escribirte. Porque esto no va a ningún lado. Menuda novedad. El gracioso de la clase ataca de nuevo. Una nueva pseudo inspiración, producida por eso que solo tú y yo sabemos, que me lleva a juntar unas cuantas letras con cierta gracia. Creo que lo último que escribí era prácticamente igual. Y lo anterior. Y lo otro, lo otro y lo más otro de allá. ¿Lo ves? No debería escribirte. Para qué. Si acabamos de decirlo todo. La mayor obra de teatro jamás escrita. Dos amantes condenados a recitarse frases cursis motivados por la tragedia greco-alicantino-madrileña-romana de no tenerse.
Escena 1. Interior. Andén del metro. Él sujeta el móvil y lee el mensaje que ella le acaba de escribir. Sonríe.
Escena 2. Exterior. Salida del metro. 26 minutos después. Él aún sonríe. No puede dejar de hacerlo.
Y todo lo demás hasta llegar a este momento. Hasta llegar a ningún lado.
Sigo pensando que no debería escribirte. Porque eso de que escribir sana es mentira. Provoca ansiedad. Dolor de cabeza. Nauseas. Malestar general. Ganas de verte. En la tele no lo avisan así que no sé si debo consultar a mi médico. Además no encuentro el prospecto. De esta no salgo. Dudo que el transplante de corazón llegue a tiempo. Aunque ya ves tú. No tardarías ni media sonrisa en volver a cargarte el nuevo. Cerebro. Cabeza. Pulmones. No hay órganos suficientes para transplantarme cada vez que me atropellen tus ojos. Te la sudan los anuncios de la DGT. Deberían encerrarte por seducción temeraria.
Creo que ha quedado claro ya pero bueno, una vez más. No debería escribirte. Porque ahora sí, me he quedado sin palabras. La versión egocéntrica de me has dejado sin palabras. La de pensar en mi para no hacerlo en ti. El viejo truco. Le truquill. Con el mismo carisma que un buen mago pero con unas manos mil veces más torpes. Aunque te empeñes en decir que (te) hacen magia. Mira, bonita, magia eres tú y cada uno de los pensamientos que salen de esa cabecita perfectamente decorada con una coleta imperfecta. Que no veas lo bien que sienta un “estaba equivocado” cuando se siente de verdad. Todas esas imperfecciones hoy te hacen aún más perfecta. Aún recuerdo cuando no era así. Cuando pensaba que serían las culpables de un posible final. Menudo imbécil. Suerte que he llegado a comprenderlo. Que solo con un final se puede construir un principio. Y así, principio a principio vamos alejándonos de los peores finales.
No debería escribirte.
Porque preferiría tenerte a mi lado.
Que para eso sí son horas.