Podría estar hablando de nimiedades

Hoy he visto escribir a un escritor. Ojo que puede parecer una nimiedad. Todos los días vemos barrenderos que barren, camareros que sirven, policías que patrullan y funcionarios que…bueno, que sirven para que yo deje medio caer el típico chiste y me quede más tranquilo que si lo hubiera dejado pasar. Pero te apuesto lo que quieras a que pocas veces has visto escribir a un escritor.

Se le veía cómodo. Tranquilo. Sosegado. Quizá no tanto cuando buscaba por su Mac, pensando que lo había perdido, el archivo de ese texto a medio escribir. Al final lo ha encontrado, ha vuelto la calma. Jugaba en casa. Nada de cafeterías de logos verdes, precios desorbitados y wifis gratuitos. Nada de parques rebosantes de historias. Y por supuesto nada de muelles marítimos, de esos de película sueca de media tarde. Él, un portátil y dos manos. Si necesitas más no eres un escritor, eres lo otro.

Ese texto a medio escribir hablaba de una nueva vida. Pero no te motives, no es más que una vida de cuatro o cinco paredes, fast-food y payasos. Una oficina y una calle compartida. Desde luego los ingredientes no anticipaban un gran plato. Aún así podía colar como menú de domingo. Cuántas almas abatidas en posición fetal deseando un bocado de diversión mientras viajan en el trayecto más frecuentado del prelunes: el sofá-cama, cama-sofá.

Pero algo tenía. Algo había en ese montón de materia prima que ha conseguido engancharme. Estaba a medio hacer, pero no por eso iba a juzgarlo. Como si cualquiera de nosotros pudiéramos sentirnos completos algún día. No va a ser menos un texto. Incluso con su correspondiente final. Porque aún teniendo el mejor de todos los finales un texto nunca se termina, si acaso te termina él a ti.

Y en esas estaba yo. Tentado de creer que una palabra de mi boca podría darle al escritor la clave necesaria para encontrar su final. Creyendo que su historia era la mía. Que era yo quien paseaba por aquella calle. Que trabajaba en esa oficina. Que había pasado por delante del local en venta y había visto cómo esa nueva vida crecía rápidamente.

Durante unos minutos le he dejado a solas. Él salón, yo cocina. La libertad me llamaba. Es irónico como en ese tiempo en el que una pared nos ha separado, hemos compartido el mismo tiempo pero con distinto resultado. Él ha aprovechado para encontrar su final, yo para fabricar un principio. Vista desde fuera puede parecer ironía de primero. Básica. La que viene, a precio rebajado, en el primer fascículo de toda colección. Pero oiga, es mi ironía.

Y le sigo dando vueltas. Algo tenía ese texto que, sin estar acabado, ya decía lo suficiente. Igual es que soy demasiado facilón pero antes de abrir el Word ya me tenía ganado.

De repente me hablan de fútbol. Me sacan del texto, de este mío. Corre peligro de quedarse sin final. Lo cual no sería una gran pérdida. Ya te habrás dado cuenta.

No pasa nada.
He visto escribir a un escritor y quería escribir sobre ello.
Menuda nimiedad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio