París era una fiesta, o al menos eso quiso hacernos creer Ernesto. Caminaba despacio el verano del 64 y desde luego la ciudad del amor era todo menos una fiesta. Jamás entendí eso de llevar chaqueta en las noches de agosto. “Solo es una manguita larga” insistía Ernesto con cada una de mis frecuentes quejas. Cielos grises, lluvia y chubasqueros feos. Si por algún casual aquella ciudad era una fiesta sería una fúnebre. Malos augurios de lo que estaba por llegar en noviembre, cuando Ernesto narró sus memorias por última vez.
El duelo es esa cosa con alas, dijo un amigo de Ernesto en el funeral. Me parece que a día de hoy sigo sin entender la frase. O al menos qué era lo que quería decirnos. Nunca me ha gustado la cosa esta de usar la palabra cosa con tanta facilidad. No fueron pocos los profesores y profesoras que durante mi etapa de estudiante me advirtieron de lo mucho, demasiado, que usaba la palabra cosa. Al final terminé por cogerle manía. Lo mismo pensaba que sentían esos profesores y profesoras por mí. Nada más lejos de la realidad. Sea como sea, cosa o no cosa, con o sin alas, el duelo es una mierda. Ninguno de los allí presentes podíamos dejar de pensar en la realidad. El viaje de Ernesto no acabó, él mismo fue quien le puso fin.
Lo siguiente que recuerdo fueron días temibles. Los más cercanos pasábamos esos temibles días sin poder borrar la idea de que podríamos haber hecho más por él. Sensación que poco a poco fue desapareciendo. Quizá todo esto le vino de su padre, nos repetíamos una y otra vez. Era fácil echarle la culpa a un fiambre al que nunca conocimos. Ni de Ernesto ni nuestra, la culpa fue de su padre. Ese pensamiento hizo que los días fuesen más llevaderos, pero convirtió en auténticamente temibles, y terribles, los que aún estaban por llegar.
Un gran chico, nos contó Nick, amigo de Ernesto al que conocimos en Cuba. No solo Nick, cualquier persona con la que intercambiamos palabra sobre él repetía lo mismo. Un gran chico. Era curioso comprobar como en una isla en la que la estatura media de sus habitantes era alta, se describía a un extranjero como un gran chico. Eso les hacía aún más grandes. Sin duda Cuba fue el viaje que lo cambió todo. Ernesto comenzaba a ser un recuerdo feliz.
Ya la sombra se estaba marchando. Marchitando. El otoño del año siguiente llegó con ese primer aniversario de aquello que jamás debió ocurrir. O sí, por qué no. Qué más da. El caso es que supimos llevarlo con entereza. Real y fingida, de las dos. Volvimos a Idaho, cumplimos nuestra parte del trato y proseguimos la estúpida misión de seguir con nuestras vidas. Bailamos, cazamos aves, nos dimos auténticos homenajes y todo lo demás. Fue una época irónica, cuanto más alto veíamos el sol menos sombras nos atrapaban.
Viajamos hasta España. Valencia, Madrid y Navarra nos acogieron con los brazos abiertos. Especialmente Navarra. Ernesto tenía razón y, aunque no lo dijo nunca, aquello sí era una fiesta. Allí entendimos que dos pasos pueden hacer que tu futuro cambie para siempre. Imagina si fueran tres. El nuestro, por desgracia, se mantuvo igual pero corrían rumores de que para él fue todo lo contrario. Las malas lenguas decían que esos dos pasos siempre le terminaban acercando al siguiente kalimotxo. Tampoco parecía mal futuro ser la mancha morada de una camiseta blanca. Aquel descubrimiento fue la conquista de lo inútil porque, el último día, una mala frase me convirtió en el blanco de un futuro ojo morado.
Llegaron Toronto y Chicago y en esta última conocimos a La Vegetariana. Una china, o surcoreana, amiga de Martha cuyo apodo se nos antojaba un misterio. Martha la presentó con ese mismo nombre y, acto seguido, lo siguiente que estábamos viendo era como la china, o surcoreana, se apretaba sin pudor alguno el perrito caliente más grotesco que ninguna película de Michael Bay pueda imitar. ¿Tofu?, pregunté. No, gracias, con esto tengo suficiente, respondió. Esa es la brillante respuesta que mi mente imaginó. En realidad la china, o surcoreana, no hablaba otra cosa que no fuese chino, o surcoreano, así que se limitó a sonreír. Bonita sonrisa, por cierto.
El mapa y el territorio aún por explorar jugaban en nuestra contra. No así el tiempo, pues por desgracia teníamos de sobra. Un tiempo que jamás nos perteneció. Todo lo contrario que el territorio, un montón de palabras que sí eran nuestras pero que escapaban a gran velocidad. El clásico círculo vicioso. Mucho tiempo y demasiadas palabras. Alguien debía ponerle fin o no habría vuelta atrás. Ninguno queríamos dar el paso. Este viaje nos estaba dando todo lo que años atrás Ernesto nos quitó: dudas.
Yo no soy así, fue lo último que dije durante el trayecto de vuelta a casa. El adversario que tenía en frente no lo había puesto fácil y yo solo quería escapar de él. O de mí. Las palabras se terminaban. Entonces comprendí todo. No habíamos viajado nosotros. Jamás nos movimos de la sala de aquel tanatorio. Viajó el alma de Ernesto hasta llegar al momento en el que las nuestras se estrellaban contra el suelo. El último disparo. Se acabaron París, Cuba, España, Idaho, Toronto, China y Corea del Sur. Se acabó el viaje. Se acabó la fiesta.
-Esto…hola, Víctor. Perdona que te moleste pero…¿acabas de escribir un relato utilizando títulos de libros que tienes pendiente leer?
-Sí, porque no hay mejor viaje que leer. Y porque cuando lees…
-Eres muy cutre, tío.
Tío mete imágenes que se me hace pesao
Hecho, para el próximo añadiré ilustraciones al estilo Teo 😉