Viajar en primera clase me hace sentir un don nadie. Soy el Leonardo Di Caprio de Titanic en este vuelo 8858 de Iberia. Igual de desubicado pero sin nada de estilo. Y pobre de aquella que quiera que la pinte.
La amable azafata me ha ofrecido un cruasán con jamón y queso que he rechazado. Había estado picando en la sala vip y no tenía hambre. Podría haber escrito cruasán en francés pero ya me he sentido demasiado pomposo y ridículo embarcando el primero, saltándome toda cola previa, para luego tener que esperar 10 minutos al mini bus que te lleva al avión (jardineras creo que las llaman) junto al resto de pasajeros.
-¿Y algo de beber?
-Agua, por favor.
La opción de una copita de champán (lo mismo que con lo del cruasán) estaba ahí pero la idea de tomarlo sin poder brindarlo con alguien le resta emoción. Igual que cuando metí mi último gol en un partido federado: miré al banquillo para dedicárselo a mi mejor amigo y este estaba en la ducha. Celebración desbravada.
El piloto avisa que “landing is imminent” y segundos después aterriza con bastante suavidad. Estoy deseando llegar al metro y volver a sentir que en ese lugar sí pinto algo.