El guitarrista de Diego de León

El lunes le vi. El guitarrista de la estación de metro Diego de León. Eso era tocar la guitarra. Debería estar en Got Talent, pensé, como si ese programa de televisión fuese lo máximo a lo que aspirar. No, ese tío merecía mucho más. Grabar un disco con Universal. Tocar en míticas salas de conciertos de España: Apolo, Jendrix, Buho club, La Riviera, Razzmatazz, Bikini, Azkena…Llenar el Wizink y estadios, sobre todo estadios. Colaborar con grandes artistas. Recibir honores de Santana, Frusciante, Clapton, Page y compañía. Y si acaso ser feliz.

Tardé pocos acordes en inventarme toda una vida de éxitos para ese desconocido al que no he vuelto a ver. Tan sencillo como imaginarlo. Seguramente tendrá un nombre demasiado común que, en algún momento, le tocaría cambiar por uno más comercial. Uno con gancho. Algo con más tirón. Juan Fernández no vendería un disco. En cambio Johnny Fridnand sí. Johnny Fridnand es el del párrafo de arriba. Juan Fernández no es nadie.

Y luego, en una misma estación, la vida te depara otro concierto. Dos músicos por el precio de un billete sencillo de la zona A. Sale rentable. Hablando de rentabilidad, ahí estaba él, el otro, el del acordeón. Un hombre que antes de empezar a tocar nos pidió dinero. La misma estructura que otros como él. Sin trabajo, sin dinero y con familia, mala combinación. Terminó su discurso y comenzó la música. Ninguno le hicimos caso. Bueno, yo sí, pero solo por tener algo sobre lo que escribir. Seguramente sea lo más ruin que he hecho este mes.

Pensé seriamente en darle dinero al guitarrista, desde luego su talento lo merecía, y de hecho esta semana cobro. Sin embargo, ni por un segundo se me ocurrió dárselo al del acordeón. No entraba en mis planes. Excusas todas las que quieras. Está mintiendo. Se lo va a gastar en alcohol o drogas. En tragaperras o en alguna perra que se la trague. Si le doy a él le tengo que dar a todos. Mi sudor me ha costado ganar mi dinero como para ir regalándolo. Tampoco le ayudo tanto con un euro. Excusas automáticas, como los sistemas de frenado de los coches nuevos, se activan justo en el momento exacto para que tu moralidad no sufra ningún accidente.

El domingo reñí a un amigo por hacerle una foto a unos músicos callejeros en El Rastro. Le dije que si no iba a darles dinero no debería aprovecharse de su arte para conseguir unos cuantos likes y visitas. Y ahora mírame, contando la historia de dos tipos a los que no fui capaz de dar unas monedas. No le des like a esto. No lo compartas. No me gusta este Víctor. Este que, igual que todos en el vagón, ignoró a un pobre hombre que solo quería compartir su arte a cambio de unas monedas para dar de comer a los suyos. No parecía un mal trato y, a pesar de ello, dejé escapar ese tren.

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