Lo inmutable

Cuando abrió el grifo de la ducha recordó que habían pasado cuatro meses desde el primer día que se levantó la cuarentena. Ya nada era igual. Nada excepto ella. Nadie excepto ella. Decía Max Porter que el duelo es esa cosa que llega con alas. Que la muerte llega por sorpresa y con ella el duelo: un inmenso pájaro negro que se instala en casa. A Rebeca le parecía que ese pájaro había decidido quedarse a vivir allí para siempre. Cuatro meses desde la muerte de sus padres y nada había cambiado en ella. Permaneció bajo el agua unos minutos. En silencio. Inmutable.

Ella, una de tantas huérfanas por culpa del virus. Esta había sido su segunda vez. Primero, sin llegar a conocerlos, sus padres biológicos en aquel accidente. Y ahora, años más tarde, los adoptivos. No había frase hecha o refrán que pudiera ejemplificar una desgracia como la suya, ni circos ni enanos.

Desde que le contaron lo de sus padres biológicos, con apenas quince años, su corazón había dejado de latir. Incapaz de sentir. ¿Por qué no podía derribar esa coraza montada pieza a pieza a base de desgracias? Ni si quiera repetirse esta pregunta una y otra vez le causaba dolor. La incertidumbre no era nada en comparación con todo lo que ya había vivido. Ilusión. Motivación. Esperanza. Palabras vacías en el transcurso de sus días.

Ya nada era igual. Nada excepto ella. Ella que, como el agua de la ducha, seguía cayendo. Inmutable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio