El mediocre vive en mi cabeza. Me ha alquilado un AirBnb entre el neocortex y el no sé qué.
El mediocre me habla. Me dice cosas. Cosas al oído. Al de dentro. Dice que aquel texto no era tan bueno como para que me felicitaran. Que este tampoco lo va a ser. Suele decirme que no valgo para escribir. Si apenas leo. A dónde voy a parar. Dice también que sabe que he tenido trabajos de esto solo porque disimulo bien. Que no sé hacer otra cosa y nunca sabré. Me dice que empiece de cero. Que lo deje. Que me rinda.
El mediocre me habla pero no grita, susurra. Y eso hace más daño que cualquier grito. Porque el grito es el arma a la que recurre el inseguro. Imagina lo seguro que puede llegar a sentirse alguien que solo susurra. Me dice que se acabó. Que esto no va a ningún lado.
El mediocre me dice que este dolor de cabeza es fruto de intentar sacar de donde no hay. Que él que está dentro lo ve. Dice que no le de más vueltas. Que me ponga algún videojuego. O una peli cutre. Lo que sea para no pensar.
Supongo que el mediocre también vive dentro de ti. Hazme, hazte, un favor. La próxima que le veas échale a la puta calle. Aunque tengas que devolverle la fianza. Sale rentable.