Me pasa a veces que tengo ganas de escribir pero no tengo nada que contar. «Para qué», pienso. Y no escribo. Al día siguiente lo mismo. Y me cruzo con otro «Para qué» que no hace más que pararme. Y así, «para qué» a «para qué», crece un «por qué». Por qué escribir cuando no se tiene nada que decir. O peor, cuando no se tiene nada interesante que decir.
Supongo que la solución pasa por dejarlo estar un tiempo. Entre cada uno de los pequeños «para qué» y los grandes «por qué» siempre termina apareciendo un «y por qué no». Unas veces viene precedido por un libro, otras se camufla entre una aparente conversación superflua. A veces es una peli de Marvel y otras es una de Villeneuve. También hay veces que llega en forma de canción, como ha pasado hoy. Te harías un favor bastante majo si dejas de leer esto y te paras a escuchar, que no oír, la última de Zahara, Merichane. Eso sí, si luego vuelves a estas palabras, las terminas y me dices cuánto te han gustado pues eso que me llevo. Y que si no te ha gustado tampoco pasa nada, está la vida como para andar fabricando problemas del todo a cien y preocuparse por ellos.
Mamá lleva unos días en el hospital. Está bien, pronto saldrá, pero qué mal rato, xé. A mí me preocupaba haberle pegado el bicho por no haber sabido decir que no a tiempo. Me preocupaba haberlo llevado a casa por ese pensamiento tan humano de no temer lo que no puedes ver, hasta que lo ves, hasta que lo ves muy de cerca. Es curioso como un pensamiento tan humano nos vuelve tan inhumanos. Todo eso me preocupaba pero lo camuflaba preocupándome por el frío que hacía en el apartamento. Con eso y lo desconcentrado que he estado en el trabajo ya tenía excusa suficiente para no castigarme con mis propios pensamientos. Y qué mal cuando lo que te hace daño viene de dentro. Pero bueno, mamá está mejor, pronto saldrá.
Me pasa a veces que estoy triste y no quiero contarlo.
Pero escribo y se me pasa.