El parque

Alasne Fernández, exhausta tras todo un día dándole vueltas a la cabeza, se sienta en el banco más cercano al antiguo estanque. Que si sí, que si no, no ha habido hora que no haya dedicado a divagar sobre su vida. Cansada, decide que hasta aquí ha llegado, durante la próxima hora se va a dedicar a pensar en nada. Cierra los ojos, respira, respira y respira una vez más hasta que siente que es el único alma del parque y sus inmediaciones.

Pero no.

La señora María tose brevemente desde su balcón. La señora María cena pronto, porque, según dice, si se le hace más tarde luego no puede dormir. Parece que un fideo rebelde de su sopa de caldo de pollo ha querido jugar con su garganta acariciándola como acaricia una espina a la rosa de su lado. Pongo le ladra insistentemente. El tono y la intensidad del ladrido no permiten distinguir si su objetivo es expresar preocupación ante la situación de su dueña o si bien se trata simplemente de una queja ante la molestia que le produce escuchar la tos de la señora María. Pongo siempre ha sido un perro delicado.

Darya Sthepanova y su marido Alek discuten en un idioma de Europa del este que no viene al caso. Sus hijas, que caminan un poco más adelante, se giran alertadas por el tono de lo que unos minutos antes era una conversación. La preocupación les dura poco, pues un suave empujón de broma devuelve a las hermanas a la tierra de la inocencia, un lugar en el que los moratones son accidentes y no otra cosa.

Carmen Velázquez completa su cuarta vuelta seguida al parque. Esta última pinta a tiempo récord pero no tiene forma de comprobarlo. Tengo que comprarme uno de esos relojes, se dice. Aún así, respira a duras penas orgullosa por su, a priori, hazaña. Más que por el tiempo, y aunque ella quizá no sea consciente, siente orgullo por haber superado un inoportuno traspiés en la primera vuelta justo al pasar por delante de un grupo de jóvenes. Con dignidad ha conseguido retomar el paso evitando una caída que habría llevado su vergüenza, en forma de gigas y megas hasta las profundidades de Tik Tok. Venga, a por la quinta vuelta.

Francisco Lloret y Antoni Navarro, apoyados en la estatua que el alcalde inauguró hace cinco años, verifican datos cada uno con su tablet. A continuación, se dirigen al paso de cebra, lo cruzan y divagan sobre si el cableado tendrá salida hacia la izquierda o la derecha de la calle. Mientras intercambian opiniones ambos se percatan de la presencia de una señora en su balcón. Los tres comparten un espacio visual común que en menos de dos segundos se pierde entre la, cada vez más profunda, oscuridad de la noche.

Alfonso y Lucía coinciden día sí día también a la hora del paseo de sus respectivas mascotas, ambos perros, las mascotas. Alfonso y Lucía son conscientes de que los encuentros hace tiempo que dejaron de ser casuales. Sin necesidad de concretar una cita, ninguno falta jamás a su momento diario. A Lucía le gustaría pedirle una cita a Alfonso pero su innegable talento para infravalorarse le hace erigir un muro enorme entre sus deseos y ella misma. Alfonso, aún sabiendo que Lucía es mujer de este siglo y, realmente, mujer de lo que se proponga, sigue poniendo sobre sí mismo el peso de ese primer paso que no se atreve a dar. Caminan entre ironías, comentarios sutiles y risas agradables sin saber que, dentro de dos semanas, Lucía dejará el pueblo por una oportunidad laboral que no puede rechazar y nunca más volverán a verse.

Alasne Fernández vuelve en sí. Abre los ojos. Ha pasado una hora desde que se sentó en el banco. El parque está vacío, también las calles colindantes. Es como si la vida del pueblo se hubiera detenido a su alrededor. Se siente culpable en cierta manera, piensa que la eterna soledad es el castigo que un dios malo le ha asignado por haberse sentado unos instantes a respirar. Por suerte las vueltas que daba a su cabeza han dado paso a la más absoluta tranquilidad. Saca una botella de agua del bolso y bebe. Alasne se levanta y camina hacia su casa.

Mañana ya es martes, se dice.

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