«Recuerdo tus labios y esos ojos que al mirar casi hacen daño» Mira tía, seguramente esa frase no era para ti y sin querer la hiciste tuya. Pudiste elegir a uno más feo, fuerte y formal, aquel del que decían que era un poco animal pero que no era más que un sentimental. Al final te decantaste por el que era diferente, no por el que solo lo decía. Quizá fue su pendiente, sus gafas rollo Lennon o que, de los dos, era el menos loco pero sí, elegiste potenciar tu lado más fitipaldi.
Hoy, un puñado de años más tarde, estás sentada frente a tu hijo (Spoiler machista: En la siguiente frase relato cómo una madre está cuidando de su nene). El tiempo no ha acompañado y vuestro día de parque se ha convertido en un sábado de «le voy a dar un folio y un par de lápices a ver si no molesta demasiado». Tú, tan ensimismada en tus pensamientos acerca de por qué un tipo tan negro se apellida Grey, no te has percatado del error que acabas de cometer. «Fíjate más, Jorge, que te sales del dibujo. No pintes fuera». Jorge te ha mirado y ha aceptado su error, sin entender, ni tú ni él, que de tu boca han salido unas tijeras. Buen trabajo cortándole las alas, Einstein.
En tu defensa diré que no toda la culpa es tuya. Para empezar puedes involucrar a toda la sociedad y si luego te apetece concretar un poco más podemos hablar de sus profesoras, de tu marido, de tus padres, de su tía y por último de esos cuadernillos Rubio para colorear (Dios como odiaba los de caligrafía). Seguro que a ti te hicieron lo mismo: «Oye, (nombre aún por determinar), no te salgas de las líneas que si no el dibujo no queda chulo». Lo dicho, la culpa no es solo tuya, pero aún podemos arreglarlo.
No le digas a tu hijo eso nunca más. Pero ni a él ni a nadie. No le pidas que ponga límites a su creatividad. No le pidas que reduzca el ritmo de su imaginación. No le obligues a comerse ese plato de conformismo frío y con grumos. Hazle volar y, si por lo que sea no encontrases la forma, déjale que él mismo lo descubra. Déjale que vuele, que respire, que se ensucie. Déjale que dibuje monstruos, que de forma a sus miedos y también a sus fortalezas. Déjale que dibuje un castillo, con una torre muuuuuy alta aunque esta tenga forma de polla. Tú déjale.
Piénsalo, unas líneas más arriba he usado la palabra fitipaldi. ¡Nadie usa ya esa palabra! Creo que la hemos sustituido por flipao (si dices flipado está mal). Con esto quiero decir, las cosas cambian y todo aquello que creías puede hacerlo en cuestión de segundos. No le digas que siga una línea, pídele que la transforme en lo que quiera.
-Aclaración- Este texto carece de implicaciones de género. La protagonista podría ser un hombre y el niño, una niña (con pene o vulva). El matrimonio podría ser entre dos personas del mismo sexo. Podría no haber matrimonio y tratarse de una unidad monoparental. También cabría una relación poliamorosa. Por supuesto el niño o niña podría ser adoptado. Tal vez no hay ningún infante y hablaríamos de un personaje principal con algún trastorno psicológico. En cuanto a las razas valen cualquiera, incluso mezcladas. Y creo que eso es todo. Qué putada tener que andar con aclaraciones en estas fechas ya tan avanzadas(?).